Orrego y Santilli recordaron el terremoto del ’44 en una emotiva ceremonia en la Llama Votiva.

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Orrego y Santilli recordaron el terremoto del ’44 en una emotiva ceremonia en la Llama Votiva.
Orrego y Santilli recordaron el terremoto del ’44 en una emotiva ceremonia en la Llama Votiva.

San Juan volvió a encender la memoria. A 82 años de la tragedia que marcó para siempre la identidad provincial, el gobernador Marcelo Orrego encabezó este jueves la ceremonia en homenaje a las víctimas del terremoto de 1944. El acto, cargado de emoción, tuvo lugar en el monumento de la Eterna Llama Votiva, donde cada enero revive la historia de dolor, resistencia y renacimiento del pueblo sanjuanino.

Acompañado por el ministro del Interior de la Nación, Diego Santilli, Orrego encendió la simbólica llama que rinde honor a quienes perdieron la vida en aquella noche fatídica, cuando entre 8.000 y 10.000 personas murieron bajo los escombros. Ese fuego, que nunca se apaga, volvió a arder como recordatorio de la fuerza colectiva que permitió reconstruir una provincia entera desde el polvo.

La ceremonia reunió a autoridades nacionales y provinciales, la intendenta Susana Laciar, legisladores, jefes de fuerzas armadas y familiares de sobrevivientes. Cada uno, desde su silencio, acompañó el solemne momento en el que la memoria se volvió protagonista.

“Fue uno de los días más crueles de la historia de San Juan”, expresó Orrego. “Ese dolor nos forjó, nos obligó a unirnos y nos enseñó que los sanjuaninos siempre encontramos la forma de levantarnos”. Sus palabras, cargadas de emoción, resonaron entre los presentes como una caricia a la identidad de un pueblo acostumbrado a reinventarse.

Santilli también dejó su reflexión: “San Juan es resiliencia. Supo rehacerse y hoy es una provincia que mira al futuro con potencia y con trabajo. Es ejemplo de desarrollo, de exportaciones y de crecimiento”. En nombre del presidente Milei y Karina Milei, llevó un saludo y un mensaje de acompañamiento en esta fecha tan sensible.

El acto concluyó con un silencio profundo, casi sagrado. En la intersección de Libertador y Paula Albarracín de Sarmiento, donde la ciudad late y respira, la llama quedó encendida como cada año: recordando lo que se perdió, pero también lo que se aprendió.

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