
La conmovedora historia de Magda y Jenny, dos elefantas inseparables durante más de 25 años, volvió a poner en debate la profundidad emocional y la capacidad de duelo en los animales. Ambas compartieron vida, rutinas y escenarios en distintos circos, viajando juntas en el mismo camión y actuando en la misma pista hasta que, en marzo de 2025, la tragedia las separó.
Jenny colapsó inesperadamente en el Parque Taigan, ubicado en Crimea, y murió a los pocos minutos. Lo que ocurrió después dejó sin palabras al personal del lugar: Magda se negó a aceptar la pérdida. Intentó levantar a su compañera con la trompa, permaneció a su lado sin moverse e impidió durante horas que los veterinarios se acercaran al cuerpo.
A primera vista, muchos interpretaron la conducta como irracional o peligrosa. Sin embargo, especialistas en etología aseguran que el comportamiento de Magda tiene una explicación científica clara.
Elefantes que sienten: la ciencia detrás del duelo
Los elefantes son una de las pocas especies del planeta que poseen neuronas de Von Economo, células presentes también en humanos, algunos primates y ballenas. Estas neuronas están ligadas a funciones superiores como la empatía, la toma de decisiones complejas y el procesamiento del dolor emocional.
Esto significa que Magda no estaba reaccionando de manera instintiva. Estaba sufriendo, enfrentada a la pérdida de una compañera con la que compartió más de dos décadas de vida.
Investigadores sostienen que estos animales desarrollan vínculos profundos comparables a lazos familiares, por lo que el duelo se manifiesta de forma intensa y prolongada. Se han documentado otros casos de elefantes que velan cuerpos, tocan los huesos de familiares fallecidos o regresan repetidamente a los lugares donde murieron miembros de su manada.
Un vínculo que no se olvida
Los cuidadores de Taigan Park aseguran que Magda continúa mostrando señales de tristeza: menor actividad, escaso apetito y búsquedas frecuentes en el sector donde Jenny cayó. Son comportamientos habituales en elefantes que atraviesan un proceso de pérdida.
La historia de Magda y Jenny recuerda que, aunque sean gigantes, su sensibilidad es enorme.
Veinticinco años de historia compartida no se olvidan, ni siquiera cuando se es un elefante.
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